Tiene razón un buen amigo, de quien aprendo mucho, que me recomienda que deje de escribir y que me ponga a estudiar y a vivir. Y que esto debería ser más para hablar que para escribirse. Y hacerlo en comunidad. Lo único que puedo responder es que, de momento, lo pensaré en serio. Lo que estoy haciendo es estudiar precisamente. Doy por supuesto que es, en parte, vivir de un modo concreto. Y vivo convencido de que se vive como se piensa, siendo este pensar algo más racional que puro entendimiento. Muchas personas viven esclavas de un pensar que es mero entender desconectada la persona de la vida y de la realidad. No es mi caso, ni mi intención. En lo que respecta al diálogo, siempre, siempre lo he alabado y necesitado. Un tiempo tan individualista como el nuestro pone muchas trabas para ello. En parte porque, al volverse cada uno sobre sí mismo, su mundo queda reducido a inmediateces tan pobres que el otro dice nada en ellas. En parte también porque la sociedad impone unas exigencias que no siempre es fácil frenar para dejar espacio a otras formas, más allá de las preocupaciones con las que se ahogan toda semilla posible del Reino. Una meditación que los cristianos hemos hecho a medias. Solo como análisis. Profundos análisis sin nada más, sin respuesta.
En esto, yo sigo. La escena que compone Mc 1,2-8 posee un dinamismo propio de la encarnación. Una palabra dicha proféticamente por Isaías y cumplida en Juan Bautista, en plenitud. Un diálogo, por tanto, con la hondura de la tradición del pueblo de Israel, con la historia entera de la salvación, que se abre a su tiempo definitivo. Rara vez el Nuevo Testamento recoge el nombre exacto del libro en el que se contiene una cita.
El texto se refiere a Isaías 40. En seguida se dice que es "El libro de la consolación" y muchos se ahorra, como si se tratara de un titular, adentrarse en su lectura o su estudio. Hay más. Indiscutiblemente se establece un diálogo con el exilio y la vuelta del exilio. Se sitúa a Isaías por encima de muchas otras palabras dichas. Llama la atención el descentramiento de la Torah, que evidentemente aparecerá en múltiples ocasiones. Sabemos igualmente que una cita implica una relectura del texto y una referencia al texto mismo, que aquí podría ser no solo Isaías sino toda la Escritura en su conjunto. Conecta así lo que se va a decir con toda esa tradición en una continuidad que es propia del cumplimiento y de la vida. Lo anunciado y lo cumplido, se podría decir. Y cumplimiento significa que aparece vivido, no solo dicho. Por eso lo que antes señalaba como "encarnación".
Juan Bautista es un personaje controvertido. Gozne o bisagra y precursor, según se mire. Los ricos análisis históricos y culturales ofrecen detalles interesantes sobre su figura en relación con Jesús, en cuanto a proximidades y divergencias. En esto sigo las enseñanzas de mis maestros y poco más puedo decir. Respecto a que sea el cumplimiento de la profecía, en la profecía misma se habla más allá de sí misma. Lo cual es realmente bello e interesante. Es una voz que no habla de sí, que aparece en la historia para referirse a otro.
La cita es la siguiente:
Καθὼς γέγραπται ἐν τῷ Ἠσαΐᾳ τῷ προφήτῃ·
ἰδοὺ ἀποστέλλω τὸν ἄγγελόν μου πρὸ προσώπου σου,
ὃς κατασκευάσει τὴν ὁδόν σου·
φωνὴ βοῶντος ἐν τῇ ἐρήμῳ·
ἑτοιμάσατε τὴν ὁδὸν κυρίου,
εὐθείας ποιεῖτε τὰς τρίβους αὐτοῦ,
Se trata de un enviado en forma de mensajero cuya función es ir delante con una misión concreta a través de la predicación, con una palabra que provoca una transformación. Por un lado, aunque aparece el mensajero no aparece, salvo por referencia, el "enviador". Por otro lado, el ir delante contrastará fuertemente, a mi entender, con el seguimiento de Cristo. Dibuja así un punto concreto en la historia que concentra y abre todo lo demás. El verbo "apostello" supongo que a los de lengua materna griega les traería rápidas referencias, porque es una figura que se extendió desde el origen mismo como algo carismático y más que carismático, que nace del mismo Cristo. Pero además señala que su tarea no es de sí mismo, sino de otro, de Dios mismo. Tomando su acción como una extensión, como un brote de un árbol más grande.
La comunicación, que tanto preocupa a nuestro tiempo por múltiples razones, es esencial desde la antigüedad. Debemos entender que es más infrecuente de lo que hoy es, con enormes diferencias. Llegarían noticias de vez en cuando. Siempre con cautela, el mensajero debería presentar sus acreditaciones. Aunque también existan rumores y otras formas de extender comentarios y transmitir enseñanzas, la figura del mensajero tenía una dimensión de representatividad que hoy no comprendemos bien, salvo que reflexionemos en ella. El mensajero era parte de, tenía un vínculo con el señor. No actuaba por su cuenta y la misión era salvaguardar el mensaje y, por tanto, servir fielmente a la palabra del señor, cuya voluntad era que llegara a tal o cual comunidad o se extendiera por el imperio entero. Es fácil imaginar el enorme entramado que lo conectaba todo y la entrega que supondría ir transmitiendo el mensaje, no sin riesgos. El mensajero, en cierto modo, es mediador y partícipe.
El anuncio "delante de ti" significa que "vendrá". Por tanto, que quiere ser recibido, que espera disposición y preparación para la acogida. No supone tanta sorpresa por su llegada como quizá por su presencia misma. E insiste en esto, que podría quedar omitido o menos subrayado. El que se enfatice y explicite afecta, o mejor dicho es, el contenido mismo del mensaje. El mensaje por excelencia es el mensaje de su llegada. De ahí todo lo demás.
Por eso la "preparación", en forma de anticipación y esperanza. Deben preparar el camino para que sea accesible, para que llegue, para que esté preparado. No en vano, algunas comunidades que viven muy cerradas sobre sí mismas, velaban poco por la apertura. Lo cual es sociológicamente habitual y psicológicamente normal. Sin embargo, esta preparación afecta tanto a la actividad de la comunidad y de la persona como a su salida fuera de sí. Se remarca que es un "camino" a transitar. Palabra que gusta mucho a los primeros cristianos, y a tantas otras realidades sapienciales, proféticas o religiosas para hablar de vida. Se hace presente en la vida, en el transitar, en el modo. Si es camino, será a pie. Y camino también es una conexión, de la que hasta ahora conocemos un punto pero el otro permanece guardado y velado, trascendiendo el relato. Suponemos que todos supondrían de qué se estaba hablando. Más cuando conecta con Isaías, que requiere de un camino de salida del exilio y llegada, en cuanto a regreso.
Es "voz", pero no "palabra". Bella distinción. Y grita en el desierto. Paraje simbólico, pero muy real, de características propias. Es "voz" en un paraje que permite entender, mejor que ningún otro, la necesidad de preparar el camino. Y que se asemeja, siempre lo diré, al corazón humano en su extensión, aridez y riesgos. Navegar por uno y por otro, como en la Iglesia hoy, es máximo riesgo. Se supone, por tanto, tal entrega y sacrificio, y se menciona implícitamente la dificultad de la tarea y de la llegada. El mensajero, por lo demás, lo ha logrado. Es de suponer que el Señor lo tendrá más fácil. No me entretengo más. Pero el paraíso dista mucho, en cuanto a la creación y la novedad, de lo que aquí se nos presenta. Me parece que la carga simbólica, que no simbolización forzada, permitiría hacer ver, al inicio del evangelio, que el evangelio no crea un mundo feliz al que llegar sino que aparece, como tal, en la historia de la humanidad concreta.
La última palabra de hoy es "rectificar", o sea, poner bien. "eutheias", así y tal como suena esta voz, qué buena sintonía tiene con el buen dios. Enderezar, rectificar, contra las curvas y las desviaciones, las frustraciones y los fracasos, la pérdida del sentido y del camino.
6 de febrero de 2022