El arrepentimiento no es un tema más. No es esto que tantas veces pensamos sobre algo que no lo volvería a hacer y que lo haría mejor -se piensa- si recibiera una nueva oportunidad. No puede tratar simplemente de esa cosilla. Para que se dé una conversión tal que haya un auténtico y verdadero regreso, una vuelta total y en serio, una auténtica conversión, se debe haber probado antes lo que jamás se desearía volver a probar y de haber hecho lo que jamás se desearía volver a hacer. No es solo un tema de cálculo, no es una escala de sumas y restas en la que se podía haber logrado algo más. Se trata con la experiencia de arrepentimiento cuando, a la luz de la verdad, se desea ser y no que nos cambien por otro, o nos retoquen un poco aquí la historia y otro poco allá. Arrepentirse es querer la vida, es amar a Dios con el alma incapaz de lograrlo por sí misma, querer amar al prójimo en toda circunstancia cargando con la propia debilidad. Por eso, arrepentirse es volver a la esperanza.
Es crucial verlo como Dios lo ve, no con otros ojos, aplanando la posibilidad de regreso. Es importantísimo que sea Dios y solo Dios. Sin regresar a ningún pasado para cambiar no sé qué. Sino dejarlo en sus manos. Sin crearnos nosotros ese nuevo mundo imaginario en el que todo irá a nuestro gusto consumidor y con nuestras chatas bagatelas. Sino dejarlo en sus manos. Que Dios sea, en Cristo, el alfa que da comienzo a todo y la omega que todo lo dirige hacia su plenitud. Es decir, verdadero y buen arrepentimiento, absoluta y libre esperanza.
Eclo 17,24
Además, a los que se arrepienten les concede la vuelta
y consuela a los que pierden la esperanza.
