Este texto suele leerse en clave de recompensa. Pedro toma conciencia de su situación y se la expone a Jesús, que responde con la generosidad propia de Dios, con su sobreabundancia. El ciento por uno trasladado a una esperanza escatológica irrealizable mundanamente, imposible de comprender. Una renovación de la promesa abrahámica en claves paralelas: fecundidad (relaciones vinculantes, familiares, parentescos, pertenencias) y tierra (posesión, seguridad, descanso, paraíso, entorno). La alusión a las "persecuciones" incrementa la tensión entre la realización y cumplimiento, con la esperada victoria comprendida como éxito en las claves de las que dispone para interpretarlo.
Sin embargo, diría que hay algo más. La respuesta de Jesús, en este pequeño diálogo, como entre el discípulo y el maestro, pone en primer plano la cortedad de miras en la que todavía está instalado Pedro. La grandeza de haberlo dejado todo queda en nada en comparación con lo recibido, que parece que todavía Pedro no percibe, ni comprende, ni vive. Es decir, Pedro está aún a las puertas. Y las palabras de Jesús son, con su futuro, confirmación de lo que ya hay y no una mera indicación que posterga el Reino y su inmensidad. Con todo, y de algún modo, solo sobre el trasfondo escatológico de la vida eterna -no de la muerte- esta palabra adquiere plenitud de sentido y vida presente.
