Un simple versículo conectado directamente con la cita de Isaías. Otro nombre propio: Juan, implicando ya su misión. Como en la gran teología bíblica, el perdón se adelanta, el perdón justifica, el perdón prepara, el perdón inaugura. Difícilmente alguien se puede enterar seriamente del significado de todo lo demás si no ha pasado por el perdón. Lo cual, a su vez, describe la condición humana en dos vertientes: la necesidad de reconciliación, reparación, resurgimiento; y su capacidad para ser reconciliado, reparado, resurgido. El énfasis es puesto tal habitualmente en el lado del mal que se olvida mirar al bien, o el lado de la condena, la culpa y lo negativo que se olvida lo verdaderamente extraordinario de la salvación, la paz y la oferta que trae consigo el perdón, que hace nuevas todas las cosas.
ἐγένετο Ἰωάννης [ὁ] βαπτίζων ἐν τῇ ἐρήμῳ
καὶ κηρύσσων βάπτισμα μετανοίας εἰς ἄφεσιν ἁμαρτιῶν.
Surge, acontece, llega, viene. Sucedió no algo, sino alguien: Juan. Juan es en sí mismo un acontecimiento desvelador. Juan, por tanto, sí es un portador. Es interesante, aunque forzado en la interpretación, verlo como "rayo" que cae del cielo. La narración es pobre en detalles y favorece esa incursión tan abrupta, si bien el verbo tiene una lectura temporal continuamente atestiguada y de nexo entre momentos diversos. Pero, insisto, la lectura nos enfrenta de bruces con una realidad inesperada a tenor del inicio poético.
De Juan se dicen dos cosas, no exentas de contradicción. La primera es que es quien "sumerge" y que está "en el desierto". Realmente sitúa a Juan Bautista en el desierto, sin más. Pero se lee un contraste enorme. Supongo que nadie pensará que "sumerge en el desierto", porque no tendría sentido ver dicha relación entre el agua y la ausencia de la misma. El lugar desértico, ubicado fácilmente por todos los oyentes de las primeras comunidades, dada su afluencia desde el judaísmo, significa lugar de prueba, de tentación y de tensión existencia, de soledad y de encuentro. Sobre esto se ha escrito mucho, pero basta una experiencia personal intensa para leer todas esas referencias de otro modo. Es cierto que ese desierto saca lo que hay, es una experiencia humanamente desveladora. Al igual que, sumergidos en dicho silencio, se atiende de forma especial lo esencial. La alusión al Éxodo y el Exilio es imprescindible.
Hay quien traduce, de todos modos, del siguiente modo:
Se presentó Juan bautizando en el desierto y predicando un bautismo de arrepentimiento para perdón de los pecados.
La segunda cuestión es el anuncio. Palabra y acontecimiento unidos. Palabra y signo. Curiosamente se "predica" (algo fundamental) un gesto, se propone dicha inmersión. El bautismo tiene de cualidad, a diferencia pienso yo de otros muchos signos, en que toca la persona por entero. Era una inmersión en toda regla, un sometimiento de la persona a la fuerza del signo del agua, apelando tanto a su capacidad regenerativa y vital como purificadora e higiénica. Da vida y limpia. Renueva. Es un signo completo.
Se añade rápidamente, para no confundirlo ni con el bautismo de Jesús, ni con el bautismo cristiano "en Jesús" (en el nombre trinitario), que es de arrepentimiento y conversión para el perdón de los pecados. Se señala claramente la diferencia y distancia en la consideración del papel de Juan respecto de Jesús y las primeras comunidades. Juan es, y conviene aclararlo, un acontecimiento que prepara lo inmediato, el cumplimiento de una promesa que es promesa a su vez de algo más. Por lo que se cita la inmediatez.
El papel del perdón es esencialmente religioso, aunque se pueda considerar ética, jurídica o socialmente. Si el bautismo es total, el perdón igualmente. Afecta a la persona entera, prepara íntegramente.
Choca que la buena noticia se encuentre tan rápidamente con el pecado y la conversión. O quizá no tanto, y solo sea una repugnancia propia de nuestro tiempo, fruto del olvido de nuestra condición y situación o vocación más alta que la mera mediocridad en la que se vive instalado. Juan no predica "el pecado" y "la acusación", para la que se vale cualquier persona casi consigo misma, sino la posibilidad del arrepentimiento y el perdón, es decir, la posibilidad de una novedad que el pecado, dicho sea de paso, tiende a negar encerrando la persona en sí. El arrepentimiento abre y dilata la condición humana, la profundiza y reclama de ella una imagen y acción dignas de su altura, que en el caso de la religión está íntimamente en diálogo con Dios.
Diré, para terminar, que suena a que el "cambio de mentalidad" (conversión) prepara la recepción del "perdón de los pecados" (salvación). Igual que el precursor, el arrepentimiento solo es el preludio, el anuncio de algo mayor.
El pecado se señala con toda su fuerza. No es un mal, sin más. Es un error que implica la libertad y la acción humana, un fracaso en su vida, en su historia, en su elección, en sí mismo y sus relaciones.
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