Esta es una de las páginas cruciales del Evangelio. No sé si se puede decir de otro modo, pero está claro y es nítido. Hasta tal punto el amor es lo único importante, la revelación de Dios mismo. Hasta tal extremo llega su libertad con la persona a la hora de darse a conocer a sí mismo y este es el grado de fe que se vive cuando se cree en Dios. Pero no creamos, como cristianos, que esto es tan exclusivo, original y propio. Porque muchos antes habían llegado a conclusiones parecidas. La diferencia está en encontrarlo como Revelación, como Dios dándose a conocer y pidiendo esta fe. Me parece que es el marco de lectura propio de la Biblia. No el ético, sino el teologal.
Siempre me ha resultado curioso, muy curioso, el emparejamiento que se hace al final entre amor y saludo. No sé si le quita tensión o la añade. Una forma de amor, sin lugar a dudas, es la del saludo. Que en este mundo, como bien sabemos, es el deseo de paz para el otro. Pienso que hay una anticipación aquí, para que el otro no llegue a ser enemigo. Una prevención, si se quiere. Un obrar bien antes de tiempo, no dejando hueco al mal y a la lejanía absoluta, a la total indiferencia. Saludar es algo tan cotidiano y tan concreto que quién puede negarse a vivirlo como imposible. Sin embargo, ahí queda como reto permanente. No esperar el saludo, siempre darlo de corazón, amando al otro, reconociéndole, diferenciándole de las cosas con las que no se habla, mediando palabra, simpatía y ternura. El saludo fraterniza. Al menos en esto, ¿no podremos ser perfectos como el Padre es perfecto?

